Ilustración de Rommy Torrico

En el tercer grado teníamos un cangrejo como mascota. Se llamaba Herman. Me fascinaba. Me encantaba ver cómo crecía, se hacía un nuevo caparazón y dejaba el viejo atrás. Él se quedaba siendo igual, pero cambiaba.

A veces, cuando pienso en todos mis géneros como persona no-binaria, trans con una presentación femenina, me acuerdo de Herman.

A través de mi vida hice muchas paradas en diferentes puntos del espectro del género y la orientación. Cada parada fue como una casa hasta que ya no se sintió así. Tropezaba con un nuevo caparazón y me lo probaba. Si me sentía a gusto me quedaba con él y dejaba el viejo atrás. 

Me consideré gay. Fui género no-conforme. He sido queer. He sido género-queer. Y ahora soy una persona no-binaria. Y a veces también una demi-mujer.

A veces siento que las personas no-binarias son como Herman. Existimos en un mundo binario. El lenguaje para describir quiénes somos sigue siendo borrado por el colonialismo y las normativas cisgénero y heterosexuales. {Cisgénero quiere decir que la persona no es trans). Continuamente tenemos que buscar una nueva terminología o manera de comprender las complejidades de existir más allá que el modo binario [forma de pensar en la que sólo existen dos géneros: masculino y femenino] y probamos ese nuevo término para ver si nos cabe.

Pero las personas latinas no-binarias y trans (y otras personas no-binarias que no hablan inglés) no sólo enfrentamos un reto adicional al tratar de navegar las expectativas de la sociedad binaria, sino  también un idioma que contiene restricciones binarias. Desde los pronombres a los nombres, casi todo tiene un género masculino o femenino, nunca masculino y femenino, nunca ni masculino ni femenino.

A veces caducamos.

Me pregunto si en algún momento de su vida Herman caminó incomodo con su caparazón, esperando con paciencia a ver si encontraba uno suficientemente grande en el que cupieran todas sus posibilidades. Me pregunto si su cuerpo tenia callos de los lugares donde no cabía por su caparazón y se topaba y topaba en contra de ellos hasta que terminaba raspado y con dolor.

Sé que esto me ha pasado a mí.

Muchas veces he aceptado el pronombre “ella” cuando me hubiera gustado mejor “ey” o “elle.” Muchas veces he aceptado “mujer” o hasta “hombre” cuando me hubiera gustado “género no-conforme trans-femenix”, cuando estas frases se sentían muy pesadas para una lengua que ya se siente que se tropieza y que lucha por falta de practica en este idioma.

¿Cómo le explico a mi mamá, una mujer mexicana que honestamente nunca entendió o aceptó mi identidad como queer, que, aunque piensa que dio a luz a un bebé varón, en realidad parió a una persona con un género misterioso? ¿Cómo, si en este idioma, si quiero describirme, tengo que elegir entre niña o niño? O sea, ¿la palabra es binaria en sí? ¿Cómo corrijo a mis primos, que me dicen “primo” en Facebook, cuando las alternativas primx o prime no contienen la misma dulzura?

¿Cómo encontramos una casa para nosotros cuando la tenemos que construir a la misma vez?

No sé. No sé si Herman al fin encontró un caparazón que fue, que sintió como su casa permanente. No sé si yo la encontraré al final. Creo que eso es lo divertido y el reto de existir ni adentro ni afuera, ni de aquí ni de allá.

Karari Olvera Orozco
Karari es una persona no-binaria trans femenina, la primera en la familia de sus padres inmigrantes mexicanos. Escribe, es activista, da charlas en público y le encanta el maquillaje. Es parte de las mesas directivas de United Latinx Pride y la Coalición TransLatin@. También es parte del equipo de producción de America en Transición, una serie web que explica las identidades de personas que no son cisgénero o heterosexuales. Actualmente la puedes encontrar en Chicago en el programa de noticias Hoodoisie, que narra perspectivas radicales acerca de la cultura y la política.

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